Mujeres que crean montañas
Cuando era más joven vivía
siempre entre hombres, porque me parecía que no había rivalidades
estúpidas ni tensiones absurdas. A las mujeres nos enseñaron a
desconfiar de las mujeres, a tenernos celos y envidias, a mantener las
distancias y a analizarnos de arriba a abajo en busca de algo que
criticar para protegernos a nosotras mismas,cosa que nunca terminé de
comprender.
Pero ahora que me voy haciendo mayor, me doy cuenta de cuan importante es compartir nuestra alma femenina. Sólo una mujer te puede abrazar en silencio sin necesidad de abrir la boca, sólo una mujer te envuelve con la complicidad que le sale de su ternura, sólo una mujer es una guerrera auténtica, acostumbrada a sacar la espada para defender lo suyo.
Desde que reivindiqué mi naturaleza de mujer raíz, la que escucha y comprende y reniega de todas aquellas que insisten en viejos tópicos y que tiran piedras sobre nuestro tejadito que tanto nos ha costado construir (a nosotras seguir manteniendo, el que nos dieron las que antes vinieron y que les costó sangre, sudor, lágrimas y sobretodo incomprensión), la que abraza con la energía inmortal al resto de mujeres buenas y llenas de coraje, a las luchadoras, a las que admiten sus limitaciones y no luchan contra ellas, sino a favor de transformarlas, a las que no miran su físico como un montón de mierda que moldear, sino como un regalo de la naturaleza. A las mujeres, que son fuente de vida por si mismas, con o sin hijos, gusten de mujeres o de hombres.
He tenido la gran suerte últimamente de sacudirme de encima a un montón de seres sin escrúpulos y mediocres que no me aportaban nada y entorpecían mi camino y al tiempo que estos salían, han entrado un montón más, mujeres, a las que he abierto mis brazos y he abrazado con toda mi alma.
Y a medida que tejemos nuestra telaraña sentimental, preciosa y casi irrompible (y si algo la rompe, volveremos a tejerla más fuerte, y a repararla sin perder un sólo segundo) pienso que efectivamente, como decía Maruja Torres en su libro "Hombres de lluvia", las mujeres somos roca entre estos hombres.
Y yo le añado: las mujeres somos roca, y algunas tenemos la fortuna, porque así se predispone con nuestro amor prójimo, a conformar nuestras rocas en montañas, sin perdernos de vista ni dejar de ser una misma para ser montaña. Pero los lazos que nuestra naturaleza de mujer nos regala, sólo son lazos hermosos enredándose con otros lazos de otras mujeres extraordinarias.
Quizás pocas, quizás apenas, quizás el resto de mujeres de nuestro alrededor no repare en el regalo tan extraordinario que tenemos. Yo ya me cansé de charlas argumentando esto. De hecho, tampoco voy a hacerlo aqui, porque invierto energía que quiero regalar a mi montaña construida espontáneamente de amor y afecto con mis hermanas. Y acompañada de ellos, lo que sí entienden de lo que hablo.
Esto es como un dogma de fé: hay que sentirlo. Y yo lo siento, desde mis entrañas, de forma atávica.
Pero ahora que me voy haciendo mayor, me doy cuenta de cuan importante es compartir nuestra alma femenina. Sólo una mujer te puede abrazar en silencio sin necesidad de abrir la boca, sólo una mujer te envuelve con la complicidad que le sale de su ternura, sólo una mujer es una guerrera auténtica, acostumbrada a sacar la espada para defender lo suyo.
Desde que reivindiqué mi naturaleza de mujer raíz, la que escucha y comprende y reniega de todas aquellas que insisten en viejos tópicos y que tiran piedras sobre nuestro tejadito que tanto nos ha costado construir (a nosotras seguir manteniendo, el que nos dieron las que antes vinieron y que les costó sangre, sudor, lágrimas y sobretodo incomprensión), la que abraza con la energía inmortal al resto de mujeres buenas y llenas de coraje, a las luchadoras, a las que admiten sus limitaciones y no luchan contra ellas, sino a favor de transformarlas, a las que no miran su físico como un montón de mierda que moldear, sino como un regalo de la naturaleza. A las mujeres, que son fuente de vida por si mismas, con o sin hijos, gusten de mujeres o de hombres.
He tenido la gran suerte últimamente de sacudirme de encima a un montón de seres sin escrúpulos y mediocres que no me aportaban nada y entorpecían mi camino y al tiempo que estos salían, han entrado un montón más, mujeres, a las que he abierto mis brazos y he abrazado con toda mi alma.
Y a medida que tejemos nuestra telaraña sentimental, preciosa y casi irrompible (y si algo la rompe, volveremos a tejerla más fuerte, y a repararla sin perder un sólo segundo) pienso que efectivamente, como decía Maruja Torres en su libro "Hombres de lluvia", las mujeres somos roca entre estos hombres.
Y yo le añado: las mujeres somos roca, y algunas tenemos la fortuna, porque así se predispone con nuestro amor prójimo, a conformar nuestras rocas en montañas, sin perdernos de vista ni dejar de ser una misma para ser montaña. Pero los lazos que nuestra naturaleza de mujer nos regala, sólo son lazos hermosos enredándose con otros lazos de otras mujeres extraordinarias.
Quizás pocas, quizás apenas, quizás el resto de mujeres de nuestro alrededor no repare en el regalo tan extraordinario que tenemos. Yo ya me cansé de charlas argumentando esto. De hecho, tampoco voy a hacerlo aqui, porque invierto energía que quiero regalar a mi montaña construida espontáneamente de amor y afecto con mis hermanas. Y acompañada de ellos, lo que sí entienden de lo que hablo.
Esto es como un dogma de fé: hay que sentirlo. Y yo lo siento, desde mis entrañas, de forma atávica.

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