El precio que hay que pagar
Sé que valgo más por lo que callo que por lo que digo. Porque soñando digo lo que siento y entonces sé que hago lo correcto, callando. Hay ocasiones en la vida en las que tirarse a la piscina aún a sabiendas que está vacía vale la pena, pues el golpe en sí es una recompensa, una señal, un camino. Sólo se despierta de los sueños de letargo con grandes aspavientos al más puro estilo Louis de Funienses. Cuando uno lleva tiempo caminando por la senda y sólo el eco le responde, sabe que ha llegado el momento de tirarse a la piscina, conscientemente. Es únicamente entonces cuando te reciben litros de agua fresca y renovadora, para abrazarte diciéndote que otra etapa ha empezado. El precio que hay que pagar por vivir a menudo son sanguijuelas emocionales que nosotros mismos nos encargamos de mantener gordas, sanguinolentas y cebadas pegadas a nuestra piel para poder auto compadecernos, que es la cosa más deprimente a la que llega un ser humano. Mantener a salvo sus miedos...