Seis grados de separación.


Tengo como un bloqueo entre mi cerebro y mis manos, que cosas que antes se me hacían tan fáciles como escribir, expresar mis sentimientos, narrar alguna cosa, desde que soy madre me cuestan horrores. Estoy espesa y tan copada de llevar todo p´alante yo sola que a veces me quedo colgada como el windows.
Entre los documentos que estoy repasando están las fotos de Dadaab (o desafortunadamente, de cualquier sitio ya al ladito de casa), recordando el blog de mi amigo poeta Txema Anguera (el cigarro de José Agustín) y desde que he empezado no he parado de llorar silenciosa y solitariamente. Pero no el llanto que arranca y para, sino esas lágrimas profundas e incontrolables al compás de lo terrible del mundo que nos rodea.
Siempre fui una idealista, pero al amparo de la desastrosa realidad que nos ocupa se me hace cuesta arriba la lucha, la palabra, el corazón, la tenacidad, el aliento, el coraje. Veo esas fotos de gente que hace tiempo que dejó de creer, y sobretodo, veo esas criaturas con la piel pegada al hueso, con esas miradas perdidas. Se me parte el corazón.
Antes de ser madre, yo era de las que lo miraban todo con los ojos dolorosamente abiertos, queriendo ver, saber y entender por qué pasan las cosas, compartirlas, darlas a conocer. Yo he visto muerte, tortura, cárceles, miseria y dolor y hambre y las más terroríficas y repugnantes variantes de las que sólo nuestra especie es capaz, para intentar desde mi granito de arena cumplir mi máxima de "si no se sabe, no existe, nada se puede hacer".
Pero desde que Julia entró en mi vida, algo cambió. No sé como ni de que manera. Es como si al entrar en mi corazón se hubiera dejado la puerta abierta y todo entra dentro de mi con una pasión desconocida.
Ahora mismo, viendo las fotos de los refugiados, en cada mirada de esas criaturas, veo la mirada de Julia, las manos de Julia. Esa cosita de no saber, de resignación que tienen los niños. Esos ojos hundidos en sus cuencas, esas madres sentadas entre la ausencia y la derrota. Es como si mi alma me apretase el pecho querido volar para poder hacer algo, pero lo único que consigue es quedarse apretada contra mis costillas, mi pecho. Tanta miseria, tanta hambre, hambre, gente que muere de hambre, lentamente y miserablemente de hambre, mientras yo me atraco de chocolate para aplacar la ansiedad. Hambre.
Cuando pares a un hijo, cuando le abres paso a la vida entre dolor, sangre y empujones, no estás pariendo sólo al tuyo, los estás pariendo a todos. A todos y cada uno de los niños que corretean sobre la faz de la tierra.
Y mientras veo pasar las fotos y los documentos a ritmo de latido ante mis ojos, me paralizo. Me siento perdida, extraña. Es como si todos los sueños, la lucha, se me hubiese venido encima como un tsunami. Qué hacer, que podemos hacer. Que puedo hacer para alejarme y poder realmente ser objetiva.
Estoy pasando una época de empatización salvaje con casi todo, y me está dejando sin paredes dentro de mi. Y al mismo tiempo , me está rellenando de ira e incomprensión e intransigencia.
Me voy a comer las lágrimas, a olvidar los ojos hundidos en sus cuencas, a olvidar sus pieles oscuras pegaditas a sus huesos, a esas caras mortecinas esperando nada y me voy a abrazar miserablemente a Julia con la esperanza que se apague mi conciencia un rato, para descubrir que cuanto más la siento, más abierta queda la puerta.
Recuerdo vivamente el poema de Goytisolo, Nadie está solo, y creo que pudiera ser al contrario. Que sabiendo y viendo y no pudiendo remediar, todavía se hace más cruda la soledad, porque es entonces cuando se esfuma la esperanza. O no.

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